"Entonces te daré un Dedal.
Sí, con mayúscula.
Los días pasando a alta velocidad (y a dos lunas) no harán cesar las ganas de un deseo.
Erógeno, tierno, significativo y significante."


sábado 4 de julio de 2009

Los días Frost


"¿Existió alguna vez alguna causa tan perdida,
Una causa por tanto tiempo perdida,
O que se demostrara con el tiempo demasiado vana,
Para las generosas lágrimas de la juventud y la canción?"

"Hannibal" (Robert Frost)


viernes 3 de julio de 2009

El Huevón Poncho y el mar

Acabo de señalar el porqué la actitud de Poncho no me parece inusual: es un imbécil.
Esa tarde, él (Poncho), su afranelada chomba y discotequero pantalón conocieron el mar.
Y aunque podría afirmar su elección acerca del lugar elegido para conocerlo, poco tardaría en recordar su cromosoma extraordinario, puesto que el rechoncho Poncho, teniendo la facultad de viajar en el tiempo y el espacio con tan solo presionar su ombligo, no encontró mejor lugar para su cometido que observar el mar esa fatídica tarde de verano en Sri-Lanka.



domingo 28 de junio de 2009

Hay Visitas en la puerta

"Que llueva, que llueva. La vieja está en la cueva.
Los pajaritos cantan, la vieja se levanta."

La cantamos.
A ratos pienso que quizás demasiado.
Hubo quienes nunca debieron alzarse.
Y sin embargo, las aves no discriminan.
Convidada de piedra o no, la lluvia siempre es bienvenida.

jueves 25 de junio de 2009

Esfumando a la ficción I (La última historia de acción de Julio)

Mi nombre es Julio Friviño, (sí, como la criolla vieja Julia, pero en niñito) y en noches heladas como ésta me acuerdo del disfrute en vida y las locas vueltas que hacen imposible huir del pasado.
Corría 1998 y la noticia apocalíptica de turno parecía indicar que el meridiano de Greenwich se había corrido un par de metros, alterando las longitudes como las conocíamos. Una falla en la corteza terrestre jugaba con la geología, acompañado de raros sucesos alrededor del globo que sólo unos pocos pudimos notar.

Yo trabajaba en un boliche que vendía fósforos en el Quisco. Una relación de amor/odio con la materia, porque potenciaban mi adicción al cigarro. Por lo que las pocas ventas del negocio subsistían gracias a mi bolsillo y a la necesidad de no quedar falto de fuego. Nostalgia latente. Hace poco me había retirado de las misiones especiales, aunque siempre consciente de que me necesitarían de nuevo en alguna tarea encubierta. Un retiro a medias. No hay escape para lo que se ama, como suele suceder.

La noticia no tardó en ampliarse.
Ciencia Ficción pura, hablaron los incrédulos al fenómeno, desmintiendo y desmitificando a la prensa más alarmista.
No faltaron los viejos con la cara como pasa, que hacían gala de medallas que les consagraban como intelectuales aunque conservadores. Una lata.
La parte de corcho de mi cuerpo percibía las ondas cambiantes en la atmósfera, estremeciéndose con cada flujo intertemporal que desordenaba al universo. Un reflejo nato para los de mi especie. Todo hacía preveer que volvería a mis viejas usanzas. Los dados estaban cargados.

La verdad pasó piola y como suele ocurrir en estos casos, las pupilas conspirativas se encargaron de hacerlo ver como una sacudida en la farándula y quebraron a la pareja de turno para distraer. Sin embargo, algunos seres de trapo alcanzamos a notar el cambio más severo: una dimensión paralela se entrecruzaba con la nuestra afectando tiempo y espacio. Junto a ello, las materias inversas no tardaron en manifestarse: gente gruñona siendo amable o avaros demostrando una generosidad inusitada.

Fue así como me reencontré con Gracia Aldunate, una investigadora de lo paranormal con quien había compartido un fogoso affaire años atrás. Ella sabía el secreto de mi doble-vida.
Gracia logró contactarme gracias a un par de títeres amigos y científicos Rusos con los que me carteaba seguido. Se encargó de explicarme lo justo: la dimensión paralela era un universo espejo que revolucionaba las conductas habituales y podía comenzar poco a poco a tomarse la realidad como la conocíamos, suplantándola con identidades contrarias. Pese a la incomodidad del ambiente, actuó como la profesional que era y me chantó la firme: necesitaban un agente que interviniera en la dimensión invasora para encontrar su núcleo, insertar una bomba de ruido y escapar antes de ser consumido por la otra realidad. Me tocaba jugar a Duro de Matar
de nuevo.

Tras una fructífera meditación (la nicotina me ayudó a pensar con claridad y a alivianar la digestión que andaba algo obstruída por el estrés), acepté gustoso. Luego vendría el popular viaje al centro de la tierra.



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Inevitable secuela. Ardiente paciencia.

jueves 18 de junio de 2009

Jugar Juglar

Hoy jugamos a que te engaño.
¡No! Mejor jugamos a que te extraño.
¿Pero a quién?
Entonces, ¿a qué jugamos?
Jugamos a que te engaño.
Pero solamente jugamos ¿OK?
Porque ya vendré tras la puerta, con la sonrisa en la mano y los ojos un tanto desorbitados. Queriendo pasar por perro y posar mi cabeza para un cariñito, aunque lo niegues con risa malévola.
¿Acaso porque te engaño?
Solo era un juego. De soledades.
Y jugar puede ser serio si las intenciones lo ameritan.
¿Pero a quién engaño?
Me engaño.
Pero recuerda que solamente jugamos.
Aparecerá, y los ojos no seguirán tan desorbitados ni mi risa extraviada en las manos.
Quizá para compartirla.
Con la esperanza de Juglares juguetones a la deriva.